El principio de que un detalle que la historia destaca tiene que tener consecuencias: si en el primer acto cuelga de la pared un arma cargada, debe dispararse antes del final. Lleva el nombre de Antón Chéjov, que dio ese consejo en cartas a otros escritores.
Chéjov expresó el principio varias veces. En una carta de 1889 escribió, en esencia, que no debe ponerse un fusil cargado en escena si no va a dispararse: no hay que prometer lo que no se cumplirá. El guion promete al destacar un objeto, enunciar una regla o mostrar una habilidad temprana.
El principio funciona en ambas direcciones. Un detalle destacado que nunca vuelve rompe una promesa. Una recogida sin siembra parece una conveniencia: la pistola de bengalas que no vimos, el idioma que de pronto domina. Siembra y recogida nombra el trabajo consciente de ambas mitades.
No significa que cada objeto deba usarse. La decoración puede ser decoración; el énfasis crea la promesa. Una pista falsa también debe recogerse explicando por qué estaba ahí. Cuando cortes una recogida, busca la siembra que dejas atrás.
El arma de Chéjov exige que un detalle destacado importe después. El MacGuffin impulsa una persecución y su naturaleza exacta importa menos. Puede ser ambos si lo perseguido acaba haciendo algo decisivo.
El presagio sugiere lo que viene. El arma de Chéjov es la obligación creada por el énfasis: lo destacado debe tener una función. El indicio siembra; la recogida cumple la promesa.
No, solo los destacados. Una cocina tiene muchos objetos; se recuerda el descrito de cerca, escrito en mayúsculas o puesto en manos de un personaje.
No siempre. En La gaviota, Konstantín mata una gaviota en el segundo acto y se dispara al final. En El jardín de los cerezos, dos personajes llevan armas cargadas que nunca disparan, acorde con personas incapaces de actuar.